
Se contaba con volver a aprovisionarse de combustible en Zirda. Para el caso de que al planeta le hubiera ocurrido algo grave, el Algrab, astronave de segunda clase, debía encontrarse con la Tantra cerca de la órbita del planeta K22H-88.
El agudo oído de Niza percibió un cambio de tono en la sintonización del campo de gravitación artificial. Los discos de tres aparatos de la derecha empezaron a centellear con distinto fulgor, la sonda electrónica de babor se conectó. En la iluminada pantalla apareció un cuerpo aristado y brillante. Venía derecho como un proyectil hacia la Tantra y, por consiguiente, debía de estar aún lejos. Era un enorme trozo de materia, de los que muy raramente se encontraban en los espacios cósmicos. Niza se apresuró a determinar su volumen, masa, velocidad y dirección de vuelo. Y únicamente al oír el chasquido de la bobina automática del registro de observaciones, volvió Niza a sus recuerdos.
El más vivo era el de un sol, rojo como la sangre, que se iba agrandando en el campo visual de las pantallas durante los últimos meses del cuarto año de viaje. El cuarto para todos los habitantes de la astronave, que volaba a una velocidad de 5/6 de la unidad absoluta: la velocidad de la luz. Pero en la Tierra habían pasado ya cerca de siete años, de los llamados independientes.
Unos filtros superpuestos en las pantallas protegían los ojos humanos, atenuando el color y la intensidad de los rayos de cualquier astro, como hacía la atmósfera terrestre mediante sus capas protectoras de ozono y de vapor de agua.
