
Dos meses antes de llegar a Zirda, la Tantra había tratado de comunicar con la estación exterior del planeta. No había allí más que esa estación en un pequeño satélite natural, sin atmósfera, que se hallaba más cerca de Zirda que la Luna de la Tierra.
La astronave continuó llamando a Zirda cuando quedaban treinta millones de kilómetros para llegar a ella y la fantástica velocidad de la Tantra había sido reducida a tres mil kilómetros por segundo. Estaba de guardia Niza, pero toda la tripulación también permanecía en vela, sentada expectante ante las pantallas en el puesto central de comando.
Niza lanzaba las llamadas ampliando la potencia de emisión y proyectando los rayos en abanico.
Por fin, vieron el diminuto punto luminoso del satélite. La nave empezó a trazar una curva alrededor del planeta, aproximándose a él poco a poco, en espiral, y adaptando su velocidad a la del satélite. La Tantra y éste parecían unidos por un cable invisible; la astronave pendía sobre el pequeño planeta, que corría raudo por su órbita. Los estereotelescopios electrónicos del gran navío cósmico exploraban la superficie del satélite.
Y de pronto, ante la tripulación apareció un espectáculo inolvidable.
Un enorme edificio de cristal brillaba cegador a los reflejos del sol sangrante.
