
« ¿Qué habrá impedido a unas máquinas como éstas salvar al Algrab — pensaba Niza, repuesta ya de su malestar —. Seguramente ha sido averiado al chocar contra algún meteorito. Erg Noor dice que, de cada diez astronaves, una perece a causa de esas colisiones, a pesar de la invención de detectores tan sensibles como el de Voll Hod y de los revestimientos energéticos de protección que rechazan los cuerpos celestes de minúsculas dimensiones. » La catástrofe del Algrab los ponía en un trance muy peligroso, cuando parecía que todo estaba bien meditado y previsto. La muchacha empezó a evocar cuanto había ocurrido a partir del momento en que emprendieron el vuelo.
La 37ª expedición astral tenía como objetivo llegar al sistema planetario de la más cercana estrella de la constelación del Serpentario, cuyo único planeta habitado — Zirda — había estado comunicando con la Tierra y los otros mundos, durante largo tiempo, por el Gran Circuito. Pero inesperadamente había enmudecido. Hacía ya más de setenta años que no llegaba de allí noticia alguna. Era deber de la Tierra, como vecina más próxima de Zirda entre los planetas del Circuito, averiguar qué era lo que pasaba. Por ello, la nave expedicionaria tomó a bordo muchos aparatos y a varios sabios eminentes, cuyo sistema nervioso, después de numerosas pruebas, se había mostrado capaz de soportar años de reclusión en la hermética astronave.
