
— Yo no me refiero a eso — replicó ofendida la muchacha, con brusquedad —. Quería decir que tal vez Algrab se haya desviado de su ruta y nos esté buscando también.
No ha podido desviarse tanto. Sin duda alguna, partió a la hora señalada y prevista.
Aunque se haya dado el caso inverosímil de avería de sus dos emisoras, la astronave habría cruzado el círculo diametralmente y ahora la oiríamos nosotros con el receptor planetario. No hay equivocación posible: ¡mire, ahí está el planeta convenido!
Erg Noor señaló a las pantallas reflectoras colocadas en profundos nichos a los cuatro costados del puesto de comando. Innumerables estrellas brillaban en la insondable negrura. Por la pantalla delantera de la izquierda pasó fugaz un pequeño disco gris — apenas esclarecido por su sol — que se encontraba muy alejado del sistema B-7336 — C+87 — A, donde se desarrolla la acción de este capítulo.
— Nuestros faros-bomba funcionan con precisión, a pesar de que los lanzamos hace cuatro años independientes(2). — Erg Noor mostró una franja de luz que se extendía nítida por el largo cristal de la pared izquierda —. El Algrab debía estar ya aquí desde hace tres meses. Por consiguiente… — hizo una pausa, como dudando de pronunciar la sentencia, y concluyó —: ¡Ha perecido!
— ¿Y si no ha sido así? Tal vez lo haya averiado algún meteorito y no pueda desarrollar velocidad… — objetó la muchacha pelirroja.
— ¡Velocidad!.. — repitió Erg Noor, sarcástico —. ¿Y qué más da? Si entre la nave y su lugar de destino se han interpuesto milenios de viaje, todavía será peor: vendrá la muerte lenta, tras años de terrible desesperanza. Y si llaman pidiendo socorro, puede que nos enteremos… dentro de unos seis años… ya en la Tierra.
Con impetuoso ademán, sacó un sillón plegable de debajo del banco de la calculadora electrónica, modelo reducido de la « MNU-11 ». Hasta entonces, no se había podido aún dotar a las astronaves de máquinas-cerebros electrónicos del tipo de la « IUT », capaces de realizar toda clase de operaciones y de dirigir dichas naves.
