Sus ojos se encendieron también al mirar, inquietos y amorosos, al que entraba.

— Pero ¿no ha dormido usted aún? ¡Lleva cien horas en vela!

— ¿Mal ejemplo, verdad? — preguntó el hombre en tono alegre, pero sin sonreír. Y había en su voz inflexiones agudas, metálicas, que parecían remachar las palabras.

— Todos los demás descansan — repuso la joven con timidez —, y… no saben nada — agregó quedo.

— Hable sin temor. Los camaradas duermen. Ahora, usted y yo somos las dos únicas personas que velan en el Cosmos, y hasta la Tierra hay cincuenta billones de kilómetros: ¡un parsec(1) y medio en total!

— ¡Y no tenemos anamesón más que para una carrera! — exclamó la muchacha, exaltada, con espanto.

De dos rápidas zancadas, Erg Noor, jefe de la 37ª expedición astral, se aproximó a la esfera purpúrea.

— ¡La quinta vuelta!

— Sí, ya estamos dando la quinta. Y… nada — confirmó la muchacha, dirigiendo una elocuente mirada al altavoz del receptor automático.

— Ya ve que no es posible dormir. Hay que reflexionar bien acerca de todas las variantes y posibilidades. Al final de la quinta vuelta, tenemos que haber hallado la solución.

— Eso son otras ciento diez horas…

— Bueno, echaré un sueño aquí, en el sillón, cuando cesen los efectos de la sporamina.

Tomé una tableta hace veinticuatro horas.

La muchacha quedó un momento pensativa; luego, se decidió a insinuar:

— ¿Y si redujéramos el radio de nuestro círculo? Tal vez esté averiada su emisora.

— ¡No, no! Si reducimos el radio sin aminorar la velocidad, la nave se destrozará al instante. ¿Cómo disminuir la marcha… y por añadidura, sin anamesón?… ¿Cubrir una distancia de un parsec y medio a la velocidad de los lunniks antiguos? Tardaríamos cien mil años en llegar a nuestro sistema solar.

— Ya lo comprendo… Mas quizá ellos…

— En tiempos inmemoriales, los hombres podían incurrir en negligencias o engañarse unos a otros.



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