Y no se había hecho porque tales máquinas eran muy pesadas, frágiles y de gran volumen. Entre tanto, había que tener de guardia en el puesto de comando a un astronauta, máxime cuando en tan largas trayectorias era imposible mantener exactamente el rumbo.

Con la destreza de un pianista, los dedos del jefe de la expedición se deslizaban rápidos por las clavijas y los botones de la calculadora. Su pálido rostro, de pronunciados rasgos, tenía una inmovilidad de piedra; la frente, despejada, se inclinaba tesonera sobre los mandos y parecía desafiar a los elementos, hostiles a aquel mundillo de seres vivos que se habían lanzado a las profundidades vedadas del espacio.

La joven astronauta Niza Krit, que hacía su primera expedición astral, observaba anhelante al ensimismado Noor. ¡Qué sereno era! ¡Cuánta energía y talento poseía el amado! Lo amaba desde hacía tiempo, desde el comienzo de aquel viaje que duraba ya cinco años. Y era inútil ocultarlo… El también lo sabía, Niza se daba cuenta… Ahora, al ocurrir aquella desgracia, tenía la dicha de estar de guardia con él. Los dos solos, durante tres meses, mientras el resto de la tripulación permanecía sumida en dulce sueño hipnótico. Aún quedaban trece días; luego, ambos se dormirían por medio año hasta que terminasen sus turnos respectivos dos equipos de nautas, astrónomos y mecánicos. Los demás — los biólogos y geólogos, cuyo trabajo no comenzaría hasta que no llegasen al lugar de destino — podrían seguir durmiendo… En cambio, los astrónomos estaban siempre atareados. ¡Cuan grande era su labor! Erg Noor se levantó, y los pensamientos de Niza se interrumpieron.

— Voy a la cabina de las cartas astrales… Su descanso será dentro de… — miró al reloj dependiente — nueve horas. Puedo dormir de sobra antes de relevarla.

— Yo no



4 из 385